Damián Fresolone // Martes 26 de junio de 2012 | 14:41| Tweet | Resaltar resumen Hacer un comentario Enviar a un compañero/a Imprimir nota Agrandar Texto Reducir Texto |
La mesa está servida y la televisión prendida. Alguien habla del hambre y del frío, que algunos lo padecen y otros lo aprovechan...
Existe una realidad global, y no sólo nacional ni regional, sobre la desigual distribución, génesis del hambre, en diversas poblaciones de las sociedades modernas. Y pongo hincapié en este tipo de sociedades ya que son las que revuelven inmensas masas de valores, productos, divisas virtuales y acumulaciones de capital inimaginables anteriormente.
Sin entrar en la cocina de la minuciosidad de las distintas herramientas directas o indirectas, asistencialistas o estructuralistas, para minimizar las desigualdades y así erradicar, o reducir, “el hambre” en nuestro país, me detengo en aceptar que el mismo existe. Existe y sería necio negarlo. Casi tan necio como ocultar qué el mismo es inmensamente inferior al de décadas anteriores, llegando a declarar (desde algunos sectores nada cercanos al kirchnerismo) que es el momento “en que menos hambre hay en nuestro país".
Más allá de distintos planes gubernamentales hay una herramienta vital para disminuir las desigualdades sociales que necesita, además de su ejecución, un constante apoyo y contribución de la sociedad civil. Esa herramienta es la distribución, no del ingreso sino, de los medios y estructuras de producción, minimizando, con la intervención del Estado, desigualdades en el Mercado por la excesiva posición dominante de corporaciones monopólicas u oligopólicas. Y, no casualmente, es ahí donde se yuxtaponen dos premisas similares en la literatura, pero antagónicas en la cotidianeidad: el hambre, por un lado; las ganas de comer, por el otro.
Uno real, el otro forzado. Uno doloroso, el otro frívolo. Uno en disminución, el otro en continuo aumento.
Sí, frente del hambre están las ganas de comer. Los carneros de la pluma y el papel prensa. Sentados a la mesa para acompañar el menú de cualquier plan con voluntades desestabilizadoras sin importar de donde venga el mozo. Empachados de pesimismo tercermundista y disfrutando cada burbuja de la copa que algunos quieren hacer rebalsar para volver a verla vacía, como hace diez años. Cuando llega el postre, despotrican a viva voz frente a los actos destituyentes contra otros presidentes latinoamericanos pero le brillan los ojos, si se mira en la botella, ante cualquier temblor que se produce fronteras adentro, ya sea en Callao o en La Matanza. Terminan de comer, jocosos, y con el café repleto de crema vuelven a pedir la carta para elegir entre las ofertas más rancias el nuevo menú estratégico que colabore más efectivamente en rebalsar el plato sopero de las catástrofes futuras.
No nos equivoquemos, una cosa es el hambre, y otra, las ganas de comer de algunos periodistas devenidos en gourmet.
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